Tuesday, 13 June 2017

El milagro croata - Velimir Radnic (cuarta y última parte)


El milagro croata

El repentino surgimiento de una "nueva Nación"

Velimir Radnic, Buenos Aires
(cuarta y última parte)

Confusión en Croacia

Por otro lado, en Croacia continúa la confusión con el eslavismo por los motivos que ya hemos mencionado: la creencia en que todos los eslavos (mejor dicho, los pueblos de habla eslava) son hermanos, y la necesidad psicológica de pertenecer a un grupo más fuerte y numeroso.

Serbia supo aprovechar estos sentimientos ajustando la propaganda a sus objetivos: ya no se habló de la conquista al estilo del imperio medieval del zar Dusan, sino de la "liberación de los eslavos del sur del yugo de la Monarquía negro-amarilla" (los colores de la bandera austríaca). Ahí se produjo un fenómeno muy interesante: el hombre común en Croacia no se dejó engañar. Estando, más que los intelectuales, en contacto con los ortodoxos -ahora serbios- observaba en la vida diaria las diferencias entre los caracteres y objetivos de las dos naciones. No así en los círculos intelectuales donde hubo soñadores croatas que hasta fueron a pelear al lado de los serbios en las guerras balcánicas.

Un episodio que ocurrió en el año 1902 ilustra claramente el estado de ánimo en aquel período: en una publicación de la minoría serbia en Hungría apareció un artículo bajo el título "serbios y croatas" con la tesis de que los croatas "no pueden tener un estado independiente puesto que no tienen su lengua separada, ni costumbres comunes, ni conciencia de pertenencia nacional común". El artículo termina con estas palabras: "Por esto tenemos que luchar hasta la aniquilación nuestra o la de ellos. Una parte tiene que sucumbir. Que será la de los croatas está garantizado por nuestra ventaja numérica, por la posición geográfica, por la circunstancia de que viven mezclados con serbios y que, de acuerdo al proceso de evolución, la idea serbia significa el progreso".

Como vemos el escritor enumera algunas dificultades para la afirmación definitiva de Croacia, que mencionamos también nosotros. Pero que un "proceso de evolución" le dé derecho a Serbia a "aniquilarnos" se inspiró en una teoría racista que fue expuesta en esos años en Austria. La insolencia de la minoría serbia en Croacia había llegado en esa época a tal punto que se atrevieron a transcribir este artículo en una publicación suya de Zagreb sin comentario alguno, como si representara la opinión de la redacción.

Por supuesto, este desafío a muerte, de parte de una minoría de inmigrantes, provocó indignación, ira y revuelta entre los croatas, habiéndose producido varios incidentes: daños a las propiedades serbias, roturas de cristales de sus negocios, etc. En una casa con un negocio serbio en Zagreb, vivía con su familia el conocido político croata Esteban Radic. Sin vacilar él bajó a la calle y, enfrentándose con la furiosa masa, gritó que no hay que hacer daño a los serbios, que es cierto que ellos muchas veces pactan con los enemigos de Croacia, pero que por esto no dejan de ser "nuestro hermanos eslavos". Hay que perdonarlos, dijo, como se perdona a los hermanos, y luchar junto con ellos contra nuestros verdaderos enemigos, que son los húngaros y los austríacos.

Milagrosamente no le pasó nada ni a Radic ni a su familia. Dos años más tarde él fundó, con su hermano, el "Partido Campesino Croata" que pronto tuvo una enorme atracción, llegando a ser el partido más importante, una vez formado el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos (después de 1929: "Reino de Yugoslavia"). La vigorosa lucha que Radic emprendió contra las injusticias nacionales y sociales, y su excepcional carisma personal, empezaron a amenazar seriamente la supremacía de Belgrado. Su acción entusiasta y honesta, al atacar también la explotación económica de las regiones "allende el río Drina" (precani) empezó a atraer inclusive a las minorías serbias en Croacia y Bosnia. Al llegar la situación política a este punto, un diputado serbio sacó su metralleta en medio del parlamento de Belgrado y mató a Radic y a dos diputados de su partido, hiriendo a otros. Todo esto de manera fría y premeditada (1928).

Con esto terminó para siempre la ficción de la "Hermandad Eslava del Sur" (yugoslava), y la desunión era solamente cuestión de tiempo.

Contrario a la consternación y conmoción que la masacre en el parlamento había producido en Croacia, los serbios no se alteraron para nada; como si hubiera ocurrido un episodio más, casi normal, en su vida política. El principal diario del Belgrado, que solía vanagloriarse de sus posiciones democráticas comentó de manera muy sumaria, al día siguiente, el sangriento episodio, que había sucedido en una institución intrínsicamente democrática como era el parlamento: "El señor Radic trató de pelear contra el Estado, pero el Estado fue más fuerte". El cínico comentario es un típico rasgo balcánico: en la lucha por el poder, cualquier método, aún el más repugnante, es lícito, y ni siquiera es necesario taparlo o suavizarlo. Los poemas nacionales serbios reflejan fielmente este espíritu.

La vecindad con Serbia, con su secuela de dolores y de sangre, atrasó la independencia nacional croata; pero uno se pregunta si el relativamente corto episodio yugoslavo, de 70 años, no fue un paso necesario para que la Croacia milenaria se ubicara definitivamente en su lugar de nación libre entre las naciones libres de Occidente.

Conclusión

Bajo tantas circunstancias adversas parece un verdadero milagro que Croacia finalmente haya logrado liberarse y formar su estado independiente. Pero, aparte de la ayuda del cielo, que se evocaba en tantas ocasiones patrióticas croatas, hubo evidentemente factores de este mundo que ayudaron a vencer y que prevalecieron sobre todas las adversidades mencionadas en el texto precedente.

Señalaré los tres más importantes:

La continua existencia del Parlamento Croata, el Sabor.

La asamblea de los nobles, bajo el nombre de Sabor, se conocía desde el tiempo de la llegada del pueblo croata a nuestra actual patria, hace unos 1400 años. Evidentemente ellos ya tenían un sentimiento de pertenencia mútua que se parecía a nuestro moderno patriotismo. Luego, al afirmarse el feudalismo como sistema prevaleciente en todos los estados europeos, el mismo proceso ocurrió también en Croacia; de los relativamente igualitarios poseedores de las tierras conquistadas, algunos adquirieron más bienes y se convirtieron en grandes señores feudales, introduciéndose también las demás reglas que en tal sistema regían. No hay pruebas, pero hay indicios de que en la gran contienda del siglo XI después de la muerte del último miembro de la dinastía Trpimirovic de origen croata, Pedro Svacic, fue el candidato de la antigua nobleza igualitaria. Los señores feudales del norte, ya imbuidos de las nuevas ideas, no tuvieron reparos en elegir para su rey a un extranjero (en este caso un húngaro) con tal de tener garantizados todos sus derechos y privilegios. Además, el candidato húngaro, Koloman, era sobrino del último Trpimirovic. De todos modos él firmó el conocido documento "Pacta conventa" de 1102 reconociendo a Croacia como un separado "país de la corona húngara", gobernado por el ban que actúa como representante del rey.

De cualquier modo, durante toda su existencia -sea en su forma antigua, en la feudal o en la burguesa, incluyendo el período de su desesperada lucha con los turcos- el Sabor, en todo momento necesario, evocaba la soberanía del Reino de Croacia. "Regnum regni non prescribit leges" (un reino no puede imponer leyes a otro reino) fue la famosa fórmula que invocaba el Sabor siempre que el parlamento húngaro trataba de introducir algún cambio en contra de los intereses de Croacia. De esta manera el Sabor no fue solamente defensor de los privilegiados de la nobleza, sino también importantísimo símbolo -símbolo vivo- de la identidad nacional croata.

Por primera vez en su historia la institución fue eliminada en el momento de la unión con Serbia en 1918. Pero al empezar, casi de inmediato, la lucha contra el centralismo impuesto por Belgrado, mi generación tiene vivos recuerdos que en los escritos, en las asambleas espontáneas o reunidas ad hoc, como también en las manifestaciones callejeras, las exigencias y los gritos que se escuchaban después de: "Libertad, libertad" siempre fueron: "­Sabor, Sabor!".

Efectivamente el Sabor croata, como testigo milenario de la nación, fue, por su mera existencia, un faro dentro de la confusión del "mundo eslavo" o las pretenciones de afuera.

El sentimiento de pertenencia a Occidente.

Este sentimiento está profundamente enraizado en el pueblo croata. Unía espiritualmente a los croatas del norte panónico, con los de las montañas dináricas y los del sur adriático; o sea los tres grupos cuyas diferencias culturales y psicológicas que actuaban a veces en dirección centrifuga. Pero el sentimiento común de pertenencia al Occidente producía la necesaria homogenización del país resquebrajado y dividido en dos, tres zonas.

Todos los visitantes de Croacia, científicos o periodistas extranjeros, observan el categórico rechazo de toda la población si tratan de clasificarlos, a ellos o a su país, como "balcánicos". Es el fuerte sentimiento que ignoraban los confundidos visionarios de la "hermandad eslava" desde el siglo XIX, pero que irrumpió con todas sus fuerzas después de la desafortunada unión con Serbia.

Eslovenia, nuestra vecina del oeste, de habla eslava, comparte y compartía este sentimiento. Tal vez sin querer lo atestiguó, nada menos que el conocido escritor serbio y ex presidente de la nueva República Yugoslava, D. Cosic. El comentó, hace algunos años, que siendo todavía miembro del Comité Central del partido comunista yugoslavo el destacado líder comunista esloveno, Eduardo Kardelj, le había confiado en una oportunidad: "Cuando desaparezcan las fronteras nacionales de Europa, nosotros, los eslovenos, nos acercaremos, por nuestras afinidades culturales, a los austríacos y a los italianos mientras que ustedes, los serbios, se unirán a los griegos y a los búlgaros, a quienes pertenecen por su historia y cultura".

Evidentemente en aquel entonces el camarada Kardelj, creía que las fronteras estatales serían borradas por el comunismo. Pero de todas maneras sus palabras resultaron proféticas: el proceso que él había previsto empezó a realizarse delante de nuestros ojos; Eslovenia impacientemente espera su admisión a la Comunidad Europea, lo mismo que Croacia.

Esteban Radic, el presidenee del Partido de los Campesinos y el más importante político croata en la primera Yugoslavia (1918/1928, o sea hasta el año en que empezó la dictadura del rey Alejandro) ya desilusionado de sus "hermanos eslavos", escribe en el diario que llevaba en la cárcel, del día 6/4/1920, que la idea de la unidad nacional debe ser basada sobre la cultura y menciona el ejemplo de los suizos, que hablan el francés pero no quieren ser franceses. (El ejemplo de Suiza, además, demuestra cómo las mentalidades e intereses de los montañeses prevalecieron sobre sus tres idiomas, aún estando al lado de poderosos centros idiomáticos como Francia, Alemania e Italia). Parece que algo se rompía en el alma del Radic, el viejo eslavófilo, cuando al final de este día escribe: "Toda nuestra historia es un gran plebiscito en favor de la cultura occidental".

Este "plebiscito" fue, sin duda alguna, el segundo factor importente para la cohesión de Croacia.

En el texto anterior mencioné que las tierras despobladas al retirarse la marea turca habían sido pobladas por gente de diversos pueblos europeos: alemanes, checos, austríacos, etc. Su lealtad hacia su nueva patria, Croacia, e inclusive su croatización, muchas veces ya en la primera generación, se debe al mismo factor. Ellos venían del oeste y, viviendo en Croacia, estaban en el Occidente.

Distinta fue la situación de los ortodoxos. Siendo o no de origen valaco, por su pertenencia religiosa se sentían atraídos por Bizancio y, luego, por Moscú, la "Tercera Roma". Este sentimiento los diferenciaba profundamente de la población croata y está en la raíz de los terribles problemas que trajo la unión yugoslava al pretender unir los dos mundos. Varios analistas políticos consideran que la famosa ruptura con la Unión Soviética (1948), que tanta ventaja material y publicidad favorable dió a Yugoslavia, se pudo producir solamente por estar al frente del partido comunista el croata Tito. Un serbio, por más comunista e internacionalista, nunca hubiera podido oponerse a la "Madre Rusia", sentimiento de lealtad que tiene inculcado desde la cuna.

Al hablar de la importancia de la cultura que por supuesto incluye la religión, creo útil mencionar, en pocas líneas, otro fenómeno que se dio en Bosnia respecto a la población que, hace más de cuatro siglos, se había convertido al mahometanismo. Al ser Bosnia nuevamente unida con Occidente (militarmente en 1878 y políticamente en 1908), ya en plena época del nacionalismo, los intelectuales y los políticos musulmanes se consideraban de nacionalidad croata, e inclusive, enfatizaban sus deseos de pertenecer a Occidente.

Al formarse en 1918 el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos, 24 diputados musulmanes fueron elegidos para la Asamblea constitucional. Veintitrés de ellos se declararon croatas, y uno, serbio. Ahora bien, los representantes políticos en aquel momento pertenecían a la clase alta, mayormente a la nobleza, los "begs", que históricamente procedían de la aristocracia croata católica. En cuanto a cuestiones religiosas eran tolerantes y, algunos, indiferentes.

Distintas fueron las capas sociales más bajas que se adherían fuertemente a su religión y que, al subir, con el tiempo, socialmente y políticamente, empezaron a dar su sello a toda la población musulmana. A pesar de sus facciones de origen norte-europeo - mucho más que los búlgaros o serbios- siguiendo su religión se sentían atraídos a los países islámicos; especialmente cuando ellos fueron los únicos en darles ayuda y sostén en la terrible desgracia de esta última guerra.

Ahora están en una situación sui generis, inexistente en cualquier otro lugar del mundo: de ser "croatas de fe musulmana" se convirtieron en "musulmanes" a secas, en "Musulmanes" con mayúscula (lo que debería significar nacionalidad) y ahora sus políticos les enseñaron que deben llamarse "bosniacos" que tampoco es una solución, ya que muchos son de Herzegovina, una provincia tan histórica como la misma Bosnia. Además, el mismo nombre se da a los croatas y serbios de Bosnia.

Esto demuestra el daño que produce el hecho de pertenecer, al mismo tiempo, a dos mundos marcadamente distintos: a uno, por su origen europeo; y al otro, por su religión oriental. Confío que, con el tiempo, reasumirán la posición prooccidental de sus estratos superiores y creo que su religión, por ser universalista, no representará ningún obstáculo. Pero una cosa es segura: todos nosotros debemos acompañar este proceso con simpatía, tratando de entender que no hay moldes fijos en la vida social y que no todo el mundo tiene que adoptar aquellos conceptos del nacionalismo que se establecieron en Europa durante los últimos dos, tres siglos.

Ante Starcevic

Como regla general creo que los grandes hombres de la historia son un producto de su tiempo. Sin embargo, estoy convencido de que el político y escritor croata del siglo pasado, Ante Starcevic, que con derecho lleva el título de "padre de la Patria", pertenece a los pocos que, influyendo fuertemente en la formación de la corriente política, lograron cambiar su rumbo. Visualizo a Starcevic como una roca surgida del lecho del río, que con su inmovilidad y constancia cambia la dirección del mismo.

Durante más de 50 años de acción política su prédica constante fue que los croatas no tienen que ceder derechos a los Habsburgo o a los húngaros, como tampoco hay que buscar apoyo de los otros pueblos que hablan idiomas eslavos. El glorioso pasado croata tiene que llenarlos de orgullo y darles fuerzas para vencer, ellos solos, las dificultades. De todos los "eslavos del sur" solamente los croatas son una nación en el verdadero sentido de la palabra: llegaron del norte y conquistaron su actual tierra bajo el nombre croata, el mismo que tenía en su territorio original, al norte de los Cárpatos.

Todos los demás pueblos de habla eslava en el sur de Europa recibieron sus nombres de acuerdo a las nuevas circunstancias: los eslovenos, por hablar un idioma eslavo al lado de sus vecinos de habla alemana; los bosníacos por vivir alrededor del río Bosnia; los macedonios por ocupar la antigua Macedonia; los serbios se llamaron al principio rasani por el río Rasa, sede de su dinastía medieval; y, finalmente, los búlgaros tienen el nombre de la tribu asiática que los había gobernado. Solamente los croatas impusieron su nombre a las viejas regiones: Panonia, Iliria, Dalmacia, Istria, etc.

Hoy día, estos argumentos podría parecernos un tanto candorosos pero en la época del "despertar nacional" cumplían el objetivo de Starcevic: hacer de Croacia el hogar de hombres libres y honestos, orgullosos de su origen.

Pero este "nacionalista", aparentemente tan pronunciado, no pretendía una expansión desmedida del territorio nacional. No tiene los rasgos del nacionalismo salvaje balcánico. Al contrario: en una oportunidad escribió que "no importa que Croacia tenga una hora de ancho y una de largo; lo esencial es que sea un libre hogar de gente feliz".

A los croatas que se arrodillan frente a los enemigos de Croacia los llamó despectivamente "slavo-serbi". Este término tiene reminiscencias a los "eslavos" y "serbios", pero él los usaba contra los croatas serviles. No había en él intolerancia nacional o religiosa. Su madre era de fe ortodoxa y, de sus dos sucesores, su sobrino y un croata de origen judío, él se inclinó hacia el último.

Sonó la restauración de la soberanía croata como una revolución ética: un patriotismo ético y elevado emancipará a la Nación por sí solo, ya que ni los Habsburgo, ni los húngaros u otros extranjeros, incluidos los de habla eslava, encontrarían en Croacia aliados o alguien que los obedeciera. Cuando los Habsburgo, después de las derrotas militares en Italia, se vieron obligados a reorganizar la Monarquía, convocaron al Sabor en Zagreb (1861) donde se discutió si a Croacia le convenía aliarse con Viena o establecer los viejos vínculos con Hungría (que en los tiempos del feudalismo funcionaron bastante bien).

Starcevic habló en el Sabor brillantemente, evocando las viejas glorias del Reino croata y la necesidad de renovarlas. Por lo tanto, no ir a Viena ni a Budapest. La felicidad del pueblo croata se logrará solamente en su estado independiente. El discurso fue recibido con entusismo: los diputados se levantaron de sus asientos para aplaudirlo, pero en la votación se buscó una solución realista: la mayoría opinó que más convenía revivir los vínculos con Hungría. Starcevic volvió a casa profundamente entristecido. Se dice que, a la mañana siguiente, amaneció completamente canoso.
Starcevic nunca llegó a casarse, pero tuvo una amante en la que pensaba día y noche y a la cual dedicó su vida entera: su patria, Croacia.

Si bien en el Sabor y en otras manifestaciones políticas, prevaleció lo que se llamó el "realismo" frente a la débil posición económica y cultural, a mediados del siglo XIX, la prédica de Starcevic fue imperecedera. Tanto los que creían en una alternativa, como también aquellos que creían en segundas o terceras, sabían que en cualquier caso habría que ir hacia una Croacia digna de su pasado o sea, ser dueña de su destino.

El más importante literato croata de las últimas décadas, Miroslav Krleza, de ideas izquierdistas pero antiestalinistas, que tuvo una enorme influencia en la juventud izquierdista croata entre las dos guerras mundiales, era un gran admirador de Starcevic, habiendo escrito bellísimas páginas sobre él. Esto, indudablemente, tuvo en efecto importante y perdurables en las mentes de sus discípulos, participantes en el régimen comunista.

Por esto, al cambiar el clima político en los países comunistas europeos ellos se plegaron, de inmediato, a las demandas para la democratización y para la devolución de los derechos de Croacia. Esta actitud los acercó a la oposición silenciosa -más bien silenciada y encarcelada- como también a los croatas que por motivos políticos vivían en la diáspora. En relativamente poco tiempo, si bien con enormes sacrificios, estas fuerzas combinadas logran obtener los dos objetivos marcados por Starcevic: la democratización de la vida política y la restauración de su Estado independiente.

El milagro croata - Velimir Radnic (primera parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (segunda parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (tercera parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (cuarta y última parte)

El milagro croata - Velimir Radnic (tercera parte)


El milagro croata

El repentino surgimiento de una "nueva Nación"

Velimir Radnic, Buenos Aires
(tercera parte)

Los vecinos de Croacia

Los vecinos tienen un rol muy importante en la vida de las naciones. Ellos se rechazan, pero también se imitan; se odian o se toleran; casi nunca se aman.

Italia

Como ya mencioné, la posesión veneciana de una gran parte de nuestra costa adriática, si bien mantuvo a Dalmacia casi 400 años separada de Croacia, no tuvo consecuencias fatales.

Lo difícil, lo trágico para Croacia, empieza cuando Italia logra unificarse e incorporar prácticamente todas las tierras habitadas por los italianos. Este éxito subió a la cabeza de ciertos círculos intelectuales y políticos, quienes empezaron a soñar con el resurgimiento del Imperio Romano.

Estas ambiciones superaban por lejos las fuerzas reales de Italia. Los nacionalistas, luego los fascistas, no querían ver un hecho histórico, económico y social: el peso político mundial se había trasladado, hacía varios siglos, del Mediterráneo a las costas del Océano Atlántico: Inglaterra, Francia, Alemania, luego Estado Unidos, son el nuevo centro del mundo. En esta constelación, Italia se había convertido en una provincia de Occidente.

Desconsiderando por completo este fenómeno, las ambiciones imperialistas italianas se extendían desde las malogradas posesiones coloniales en Africa hasta las tierras pobladas por croatas, eslovenos, austríacos e, inclusive, a Niza, Mónaco, Saboya, Córcega que habían sido cedidas a Francia por su ayuda en la guerra de independencia. Por no tener la fuerza propia suficiente, los gobiernos italianos tuvieron que recurrir a las "combinaciones" internacionales: abandonando a sus aliadas potencias centrales de la Primera Guerra Mundial o juntándose con la Alemania hitleriana en la Segunda. En ningún caso pudieron realizar lo irrealizable.

Para Croacia esta política fue fatalmente perniciosa en la Primera Guerra Mundial. Los Aliados -Inglaterra, Rusia, Francia- ofrecieron "generosamente" a Italia una parte importante de Dalmacia, si abandonaba sus aliadas Alemania y Austria para entrar en la guerra junto a ellos. Fue el Pacto de Londres por el cual Italia hizo la "volta face" y declaró la guerra a sus aliados de ayer.

Considero fatal este episodio: dió un argumento de peso real a los eslavófilos de Croacia para que -al derrumbarse la Monarquía en 1918- Croacia ofreciera sin condiciones la corona a la dinastía serbia de los Karadjordjevic. Es discutible si este acto fue realmente imprescindible para salvar a Dalmacia, o si fue una reación irracional de los eslavófilos croatas. Pero no hay duda de que la unión no se hubiera consumado tan apurada e incondicionalmente de no haber existido el temor al Pacto de Londres.

Al hablar de Italia creo útil advertir sobre un fenómeno que, a mi entender, demuestra claramente que la mentalidad, la experiencia histórica y la cultura (en sentido amplio) son elementos mucho más importantes que el idioma para la homogeneidad de una nación. En Italia los elementos comunes son el idioma oficial -el toscano fue aceptado unánimemente por todas las regiones- y el recuerdo del milenario imperio, cuando Roma fue el centro del mundo. Este pasado es motivo de un legítimo orgullo nacional.

Pero desde el siglo V en Italia se forma una variedad de reinos y ducados que durante 1400 años habrían de pelear entre sí, aliándose muchas veces con fuerzas extranjeras. Mientras las repúblicas, los ducados o reinados del norte y del centro se desarrollan con cierto espíritu democrático, de crítica pero también de responsabilidad cívica, la población del sur, desde los Estados Pontificios hacia abajo, nunca tuvo la oportunidad de opinar o de protestar por los actos de sus gobernantes. Esta sumisión produjo cierto letargo en la vida pública, cosa que diferencia fuertemente al Sur del espíritu emprendedor y trabajador del Norte.

Las diferencias del carácter causaron animosidades casi desde el principio de la unión para convertirse, con el tiempo, en abierta enemistad. Presenciamos en nuestros días la formación de un importante movimiento que exige la federalización, inclusive la separación total del Sur. Lo sorprendente es que se desconsidera por completo la enorme contribución del Sur las artes italianas: música, letras, pintura, etc. que es parte del tesoro cultural de toda Italia.
Creo que este ejemplo se puede traer a colación para demostrar lo erróneo de la idea yugoslava, que se basaba exclusivamente en la semejanza del idioma.

Eslovenia

Aunque son los vecinos más cercanos, su historia fue muy distinta a la de Croacia.
Pero por pertenecer culturalmente al mismo Occidente europeo nunca hubo problemas vitales entre ambas naciones. Al producirse el "despertar nacional" en el siglo XIX, Eslovenia caminó paralelamente con Croacia. Hubo momentos de choques políticos al comienzo de la unión yugoslava, pero, al empezar el salvajismo nacionalista serbio en Kosovo y Vojvodina (1986/7), Eslovenia se le opuso enérgicamente. Esta solicitud la llevó finalmente a proclamar, y defender con armas, su independencia estatal al mismo tiempo que Croacia.

Austria

Fue muy odiada en ciertas épocas de la historia croata, pero una mirada retrospectiva y desapasionada demuestra, a mi ver, que los Habsburgo no tocaron la esencia del ser nacional. La germanización que se trató de imponer, especialmente entre los años 1850/1860, fue más por una conveniencia administrativa, buscándose una mayor eficiencia, que por motivos de expansión nacional austríaca. Los Habsgurgo, por supuesto, trataron de mantener sus tierras, su imperio. Pero no hubo persecuciones nacionales como las emprendidas por el fascismo en Istria o por los soviéticos en los países bálticos.

Sin embargo, en una oportunidad de nuestra historia los Habsburgo nos hicieron un daño terrible, casi irreparable, que retardó mucho la independencia de Croacia: La ayuda contra el Imperio Otomano, a la cual los Habsburgo se comprometieron al ser elegidos reyes de Croacia, resultó escasa e insuficiente. Especialmente cuando empezaron a usar para sus rencillas en el oeste europeo las tropas movilizadas en las fronteras con Bosnia. Esto provocó una gran descontento entre los nobles croatas y húngaros que, cansados y sobrecargados de las exigencias militares, decidieron entrar en negociaciones con Estambul. Su objetivo habría sido obtener un status parecido al de los nobles de Transilvania o sea pagando una contribución, sin ser vasallos. Las negociaciones las dirigían los jefes de las dos importantes familias nobles croatas: conde Pedro Zrinski y su cuñado, el conde Krsto Frankopan. Pero en su vacilación de comprometerse con los infieles cometieron el error de tratar de obtener, nuevamente, de su soberano legal una ayuda más efectiva contra la amenaza turca. Con esto en mente, y tras obtener el "salvoconducto" del emperador, se fueron a Viena (1671). Al pasar la frontera fueron arrestados, acusados de alta traición y ejecutados. Todos sus bienes -enormes extensiones de tierra, castillos, fortalezas, palacios, armas, muebles y objetos de arte- fueron requisados, llevados a Viena o distribuidos entre los súbditos fieles: generalmente nobles de origen austríaco, checo, etc.

Este episodio no fue novedad para la Europa de aquella época. La lucha feroz entre los reyes y los señores feudales estaba al orden del día. Pero en nuestro caso fue catastrófico porque Croacia perdió dos familias que, siendo de origen croata, hubieran defendido los derechos y los intereses de Croacia también en la época nacionalista, como lo hacían los nobles húngaros. La aniquilación de las familias Zrinski y Frankopan debilitó a Croacia enormemente en un momento crucial. Como ya mencionamos, treinta años más tarde se produce la campaña militar del príncipe Eugenio de Saboya y empieza el debilitamiento del Imperio Otomano. La presencia de estas dos familias, de gran poder económico y alto nivel cultural, hubiera fortificado mucho la posición de Croacia y asegurado su normal desarrollo hacia una nación moderna.

Hungría

La elección de un húngaro como rey de Croacia (1102) no tuvo consecuencias nefastas para el pueblo croata. En la época romántico-nacionalista se derramaron muchas lágrimas por la derrota del candidato nacional Pedro Svacic en Petrova Gora (1097) pero en aquel tiempo pocos estados tenían reyes de "sangre nacional": incluso en Hungría la familia Arpad gobernó durante 200 años, imponiéndose luego reyes de variadas dinastías. Los mismos ingleses tomaron en 1714 como rey a un príncipe de Hannover que ni sabía hablar inglés. Después del desmoramiento de la parte europea del Imperio Otomano, los países balcánicos -Grecia, Bulgaria, Rumania- llamaron para ser reyes a príncipes de otras tierras, mayormente de varias dinastías alemanas.

En realidad los nobles croatas y húngaros se entendían bien y lucharon juntos. Lo hicieron contra los enemigos de afuera (la ciudad de Siget, famosa por la tenaz defensa y la muerte heróica del ban (virrey) croata Nicolás Zubic Zrinski, está en Hungría) y contra los reyes en preservación de sus derechos feudales. La gran disputa entre croatas y húngaros empezó con el advenimiento de la "resurrección nacional" a fines del siglo XVIII, cuando los húngaros pretendieron tener derecho de gobernar Croacia justificándolo por los largos siglos de reyes comunes.

Cuando los Habsburgo, vencidos en varias guerras en el exterior, decidieron ceder una parte de sus prerrogativas a los húngaros, por ser los relativamente más fuertes, para que también ellos, en su propio interés, defendieran la Monarquía, se formó en 1867 una especie de federación "dual" bajo el nombre de "Monarquía austro-húngara". A la parte húngara se adjudicaron Eslovaquia y Transilvania mientras que -considerando los viejos lazos de la corona común entre Hungría y Croacia- el emperador dejó que estos dos países negociaran la forma de sus futuras relaciones.

En las negociaciones se sintió todo el peso de las ventajas económicas y culturales de Hungría, que ya 150 años antes había liberado de los turcos la totalidad de su territorio nacional. También el escaso número de la nobleza de origen nacional y que fuera y económicamente fuerte. Una debilidad adicional causó la negativa de Viena de reconocer la unión con Dalmacia, que había impuesto el ban Jelacic en 1848 cuando la Monarquía tambaleaba. La costa del Mar Adriático era un bocado demasiado codiciado por los monarcas de Viena.

En esta situación el compromiso que se firmó con Hungría en 1868 no satisfacía las pretensiones croatas. Se esperaba establecer su propio Estado, unido con Dalmacia, y bajo reyes habsburgos, pero constitucionales (no "por gracia de Dios...").

De todos modos se le reconoció a Croacia la individualidad estatal y el Sabor siguió funcionando. También el uso oficial de la lengua croata en todo el territorio nacional.

Luego Croacia obtuvo plena autonomía en los asuntos internos, en la justicia, cultura y la educación. También ciertas unidades de ejército (domobrani) tenían oficiales croatas y el idioma croata como lengua de mando. En el parlamento común en Budapest flameaba también la bandera croata y los diputados de Croacia podían usar su lengua en los debates.

Pero quedaron muchos "asuntos comunes" en Budapest y, desde su posición de más fuertes, los húngaros pudieron siempre imponerse. Toda la trágica debilidad croata la demostraba el hecho de que aceptaron que Hungría tuviera el control financiero, ya que el Sabor temía cobrar impuestos de su empobrecida población.

Aquí hay que recordar que, en la lucha contra las aspiraciones húngaras, la minoría ortodoxa -ahora ya serbia- apoyaba a los húngaros. Un muy odiado ban (virrey) que, con el apoyo de Budapest pudo mantenerse 20 años, colaboraba con esta minoría de tal manera que recibió el apodo de "ban serbio". En una oportunidad, tratándose de la "hungarización" de ferrocarriles, algunos diputados en el parlamento de Budapest expresaron su preocupación: temían que el descontento en Croacia pudiera llevar a la separación. El primer ministro, el conde Tisza, los tranquilizó: "No tengan miedo por Croacia, señores diputados" dijo: "para ellos yo tengo un látigo confiable - los serbios". (A los aristócratas húngaros les encantaba aludir a sus antepasados: los jinetes nómadas de Asia).
La posición de Croacia en la Monarquía no era desesperante, pero de ninguna manera satisfacía las aspiraciones del pueblo: llegar a la plena independencia.

Serbia

Lo que más ha marcado nuestras relaciones con Serbia fueron sus desmedidas ambiciones expansionistas. Trátase de un típico fenómeno balcánico que compartían con sus dos vecinos: griegos y búlgaros. Parecía que hubieran estado dormidos durante los 400 años de ocupación otomana y al despertarse, justo en la época del nacionalismo, empezaron a buscar en su pasado los años de poder y de extensión territorial más grande, sin tomar en cuenta su atraso económico y cultural.

Grecia desarrolló un plan irredentista bajo el nombre "Megali Idea". Esta nueva/antigua Grecia abarcaría todos los territorios entre el Mar Adriático y el Mar Negro incluyendo la parte del Asia Menor donde vivía población griega desde los tiempos antiguos. La capital debería ser, por supuesto, la vieja Constantinopla, actual Estambul. Algo de esto obtuvieron después de la dos guerras balcánicas y todavía más al quedar Turquía derrotada junto con sus aliadas Alemania y Austria en la Primera Guerra Mundial.

Los vencedores le adjudicaron una parte de Anatolia, alrededor de la ciudad de Esmirna. Pero la porción adjudicada a los griegos no les pareció suficiente y trataron de ampliarla militarmente con la intención de aislar a los turcos y apoderarse luego de toda la Turquía europea, inclusive Estambul (1922). Contra toda previsión los turcos, si bien desmoralizados después de haber perdido varias guerras, tuvieron suficiente fuerza para vencer a los griegos, que huyeron al continente europeo junto con todos los civiles, mujeres y niños. Se calcula que en esta oportunidad desapareció un millón y medio de ortodoxos del Asia Menor.

Fue una lección muy cara. Sin embargo, hace unos 20 años Grecia nuevamente entró en una aventura militar tratando de ocupar la isla de Chipre que, por su población mezclada, tenía un status especial de independencia. Nuevamente los turcos vencieron, y hay que confiar que la "Megali Idea" esté definitivamente enterrada.

Los búlgaros tampoco pudieron olvidar las glorias de los dos imperios que formaron en los siglos X y XIII en gran parte de la península balcánica. Inclusive su rey Simeón fue coronado como emperador cuando su poder llegaba hasta los propios muros de Constantinopla, aunque no pudo realizar su sueño de ser el emperador de Bizancio. El segundo imperio búlgaro del siglo XIII ocupó también la mayor parte de la península. Pero ambos duraron poco, ni 50 años. En realidad pudieron establecerse solamente por debilidades temporarias de Bizancio.

No obstante, al adquirir en el siglo XIX su independencia, los búlgaros trataron de realizar en circunstancias completamente distintas, el viejo sueño de Simeón: apoderarse de Constantinopla. Su derrota en la Segunda Guerra Balcánica (1913) ante los rumanos, serbios y griegos -que aparentemente los instigaron a la aventura para atacarlos por la espalda- les hicieron perder incluso Macedonia, que ya poseían. Las tentativas posteriores de mejorar su posición aliándose con las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial y con las Fuerzas del Eje en la Segunda, terminaron en desastres. De todas maneras, el rey de Bulgaria hasta 1945 (o sea, hasta la llegada de los soviéticos) ostentaba el título de Zar (emperador).

Los serbios, nuestros vecinos balcánicos más cercanos, no quedaron atrás. Ellos también tuvieron un imperio efímero que duró entre los años 1331 y 1355. Si bien algo menor que la Gran Bulgaria del Zar Simeón, el imperio del Zar Dusan se extendía a Tesalia, Epir, Albania, Macedonia y Serbia. Lo mismo que los dos imperios búlgaros este también empezó a desmembrarse a la muerte de su fundador. Unos 40 años más tarde lo que quedaba del imperio cayó a manos de los turcos. Fue después de la derrota en Kosovo Polje (1389), alrededor de la que se urdieron mitos y leyendas sin ninguna base histórica.

Ya por el año 1844, siendo todavía un pequeño principado autónomo dentro del Imperio Otomano, Serbia empezó a forjarse ideas de grandeza. Un funcionario del príncipe Alejandro Obrenovic imaginó un plan (así se lo llamó) en este sentido. Si bien elaborado secretamente, su bien definida política de expansión hizo carne en los círculos intelectuales y religiosos serbios, que lo apoyaron con entusiasmo y actuaron de acuerdo.

Hoy día los objetivos del "Plan" nos parecen demenciales: pretendían apoderarse de Macedonia Oriental y obtener un acceso al Mar Egeo por el puerto de Salónica; luego, adueñarse de todo Dalmacia y Bosnia hasta una línea en el noroeste trazada de tal manera que la Gran Serbia incluyera hasta el más insignificante pueblo donde viviera gente de fe ortodoxa. Belgrado enviaba sus agentes a Croacia y a Bosnia con el propósito de "despertar la nacionalidad serbia" en los ortodoxos prometiéndoles un futuro brillante una vez unidos a su "madre patria". No les preocupaba en lo más mínimo el hecho de que población católica y musulmana viviera entre Serbia y los ortodoxos de Bosnia y Croacia.

Era evidente que el genocidio sería el único método para poder realizar estos planes.
No sorprende que un importante político serbio, miembro del actual parlamento en Belgrado, haya aclarado públicamente que "a los croatas hay que sacarles los ojos con cucharas oxidadas". Tales y peores atrocidades fueron realmente cometidas en el proceso de "limpieza étnica" como método inevitable para llegar a los "hermanos" allende el río Drina.

Ya por los años treinta, V. Cubrilovic, un miembro del grupo terrorista que asesinó al príncipe heredero austríaco y a su esposa en Sarajevo en 1914, dió una conferencia, nada menos que en la Sociedad de Escritores Serbios, explicando detalladamente cuáles eran los métodos de terror que deberían emplear las autoridades serbias en la región de Kosovo para hacer imposible la vida de los albaneses (90% de la población) y así expulsarlos. Se trataba de más de un millón y medio de personas. Si bien sorprende que tales métodos se expongan públicamente en las instituciones oficiales de Serbia, hay que recordar que los pueblos balcánicos no participaron en las corrientes filosóficas y humanitarias europeas que eliminaron o, por lo menos, mitigaron las crueldades medievales.

Solamente así puede explicarse un episodio que ocurrió, hace unos 15 años, durante la visita a Sarajevo del entonces presidente de Alemania, Dr. von Weissacker. Durante el recorrido por la ciudad, los anfitriones, llenos de orgullo, lo invitaron a ver el lugar donde fue asesinada la pareja real austríaca. También pretendían que visitara el museo recordatorio del atentado y de sus "gloriosos" perpetradores. Según informaron los medios, los anfitriones fueron genuinamente sorprendidos cuando el visitante rechazó indignado tan gentil oferta.
La misma mentalidad la mostró un germanista serbio, un tal Sljepcevic, al comentar la sorpresa y el asco que le produjeron a Goethe algunos poemas nacionales serbios. Después de haberse entusiasmado con la belleza del poema musulmán "La mujer de Hasan-aga", llegaron a manos del gran poeta y filósofo alemán aquellos poemas que describían con lujo de detalle los actos sádicos y aberrantes del héroe nacional serbio, el "príncipe Marcos". Atrocidades cometidas no solamente contra sus enemigos masculinos, sino también contra las mujeres; inclusive su propia hermana y su niño en brazos. El letrado serbio intenta defender a su héroe nacional: "Goethe olímpicamente no ve o no quiere ver que Marcos es así porque en el fondo de su alma yace un pesado sedimento, una ofensa y una cólera insatisfecha e inolvidable -la ofensa y la cólera de una nación aplastada y ofendida". Subrayé las palabras "insatisfecha e inolvidable" porque, como hemos visto en las recientes luchas entre los serbios y musulmanes, el odio y la sed de venganza persiste hasta hoy. Inclusive, se emplean los mismos métodos del príncipe Marcos: en un campo serbio de prisioneros musulmanes, el comandante obligó a un joven enloquecido a arrancar con los dientes los testículos de sus infortunados compañeros.
Pero la histriónica defensa que el escritor serbio hace de Marcos descorre la cortina de un ambiente muy peculiar, un mundo de leyendas y mitos, casi siempre basados en las mistificaciones nutridas por los intelectuales. La famosa batalla con los turcos en Kosovo Polje, que se evoca en innumerables canciones glorificando a los combatientes que se habrían decidido "por el imperio celestial", fue tan insignificante que después de la lucha el rey de Bosnia, Tvrtko, confundido, informó a los gobiernos occidentales que la habían ganado los cristianos. Es cierto que el príncipe serbio Lázaro (en la poesía nacional le dan el título "emperador") había perdido la vida; pero su hijo, Esteban Lazarevic -de acuerdo con las costumbres de su tiempo- enseguida tramó arreglos con los turcos, se hizo el vasallo del Sultán, mandó a su hermana al harem imperial en Estambul y peleó con sus tropas al lado de los turcos (aunque su condición de vasallo cristiano no lo obligaba a pelear contra los cristianos). Lo malo es que aquellas leyendas y mistificaciones enloquecieron el pueblo, que incluso hoy quiere erigirse en Vengador.

Indudablemente, una de las causas del sentimiento de superioridad que se observa en todas las clases sociales de Serbia radica en la suerte que acompañó sus acciones militares después de obtener la independencia. Salieron victoriosos de las dos guerras balcánicas, estuvieron en el lado ganador de la Primera Guerra Mundial. Inclusive - aprovechando una amnistía de Tito a fines de la Segunda Guerra Mundial- más de 100.000 cetniks (soldados voluntarios imbuidos del fanatismo granserbio) se pasaron a los partisanos y así se proclamaron "vencedores". En realidad habían estado como pasivos observadores en la Serbia ocupaba por los alemanes, y en muchos casos habían colaborado con los nazis.




El milagro croata - Velimir Radnic (segunda parte)


El milagro croata

El repentino surgimiento de una "nueva Nación"

Velimir Radnic, Buenos Aires
(segunda parte)

Confusiones lingüísticas

El siglo XIX, que ha producido "el despertar de las naciones", el sentimiento de pertenencia a una nación fue, al mismo tiempo, la época del predominio de la lingüística. La lengua común se consideraba no solamente el elemento esencial de la nacionalidad sino el creador de una nación. En este movimiento se destacaron especialmente los científicos y filósofos alemanes como Herder y sus seguidores. La temática "mundo germano", "mundo latino" o "mundo eslavo" se discutía en los círculos políticos y literarios y entre todas las clases sociales. Y mientras los dos primeros "mundos" se limitaban a hablar del origen cultural común, los pueblos de habla eslava -que en muchos casos fueron sometidos a otros pueblos y que no gozaban de libertad nacional- creyeron haber encontrado en su "origen eslavo" sostén y fortalecimiento político.

Un chiste, muy popular en su tiempo, elocuentemente describe esta búsqueda del sostén de un "hermano fuerte": cuando a un montenegrino le preguntan cuántos habitantes tiene su pequeña patria, él contesta: "Nosotros, los montenegrinos y los rusos, somos cien millones".

Al aplacarse un poco el furor de este período de búsqueda del "alma nacional" y del "espíritu del pueblo" -todo lo que se encontraría en la lengua- el filósofo e historiador francés Renan escribe: "Es erróneo ligar la nación como una entidad lingüística o étnica. Lo que forma una nación es el recuerdo colectivo que se mantiene y transmite con un esfuerzo común". Sin embargo pareció más fácil entender: "los franceses son aquella gente que habla francés" o "nosotros, los eslavos" que la tesis abstracta de Renan. Inclusive en América latina, donde es tan claro que existen varias naciones con el mismo idioma, el homenaje a la herencia cultural en la lengua española se llama el "día de la raza".

La identificación de lengua con nación fue particularmente perniciosa en el caso de Croacia. La semejanza entre el croata, el serbio y hasta el esloveno o búlgaro se tomó como una prueba irrefutable de que se trataba de la misma nación: eslavos del sur o yugoslavos. Las más destacadas figuras de la "Resurrección croata", al principio del siglo XIX, buscaron esta "hermandad". A veces solamente en el campo cultural, pero muchos se ilusionaban con una unidad muy concreta, la unidad política. La Academia de Ciencias y Artes en Zagreb recibió el nombre de "Academia yugoslava..." y muchos lingüístas croatas trataron de "ajustar" nuestro idioma para que sea lo más parecido y - con el tiempo- idéntico, al serbio. Fue una inconsciente búsqueda del sostén de un grupo más grande -eslavo- contra las aspiraciones del norte y del oeste: Italia, Austria, Hungría...

Elegir como idioma oficial el dialecto que se habla en Dubrovnik y en una parte de Herzegovina fue un hecho muy poco feliz. La gran mayoría del pueblo croata habla stokaviano o cakaviano con subdialecto ikaviano, pero se eligió la variante de Dubrovnik o sea el iekaviano[1].

Habiéndose elegido esta variante y con los ajustes que se iban incorporando se creó un nuevo idioma "serbo-croata", que encontró buena aceptación internacional ya que simplificaba la orientación dentro del "complicado mundo eslavo".

Es cierto que la elección del dialecto de Dubrovnik tiene cierta justificación por su nutrida y antigua literatura, pero el ikaviano tiene también una literatura de gran tradición con la ventaja que esta lengua se habla tanto en Dalmacia como en Bosnia y en la parte panónica de Croacia. De modo que la adopción del dialecto de Dubrovnik era, más bien, una manera de agrandar la "nación de los eslavos del sur" ya que el ikaviano no se habla en ninguna parte de Serbia.

Recordemos que en Croacia se habla un tercer dialecto: el kaikaviano, que usa la palabra "kai" para el "qué" español. Este dialecto se habla en la parte noroeste, incluyendo la capital, Zagreb. En realidad la "Resurrección croata" empezó en esta zona, donde los últimos siglos estaba también la sede del Sabor. Sin embargo los iniciadores del movimiento sacrificaron su propio dialecto (como los italianos del norte eligieron el toscano para la Italia unida) y extendieron sus brazos no solamente a todos los croatas, sino también a todos los "hermanos eslavos del sur". En esta extensión de los brazos evidentemente se les fue la mano, y se produjo una terrible confusión nacional e internacional. Fue necesario que se formara un Estado común con Serbia (1918) y que se produjeran sangrientos choques (desde el primer día de la existencia del Estado común) entre dos pueblos tan distintos por su historia y su cultura, para que finalmente quedara claro que tal "hermandad de eslavos del sur" era una ficción.

Además, a esta "unión eslava" le faltó una pata: Bulgaria. Los paneslavistas croatas del siglo XIX, al pensar en la unión con criterios lingüísticos, incluían, por supuesto, a ese país. Pero pudo más la oposición de Serbia, temerosa de que la inclusión de Bulgaria pusiera en peligro su dominación. Así, la unión se formó con un defecto de nacimiento.

No duró ni setenta años, de los cuales solamente los primeros diez se vivió una democracia, bastante defectuosa por cierto, que terminó con la masacre de los diputados croatas en el parlamento de Belgrado. Luego siguieron los años de la dictadura férrea del rey Alejandro, luego la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, 46 años de dictadura comunista.

Yugoslavia fue definitivamente una creación basada en supuestos erróneos.

El país resquebrajado

Ya se mencionó que la invasión turca casi separa Croacia en dos partes: el sur adriático y el norte panónico. Conscientes de este peligro y de la imposibilidad que un país relativamente pequeño se defendiera solo de un imperio poderoso como lo fue el otomano, los señores feudales croatas y los demás nobles con derecho de participar en Sabor, reunidos en la ciudad de Cetine, eligieron a Fernando Habsburgo como rey de Croacia, el 1 de enero de 1527.

La nobleza croata de Eslavonia, como también los húngaros, todavía pensaban que hubiera sido más conveniente elegir un poderoso señor feudal de Transilvania, Ivan Zapola, de origen croata, quien había tratado de encontrar un arreglo con el Sultán. Finalmente prevaleció la fidelidad hacia el Occidente y a la fe cristiana, de modo que toda la nobleza reconoció a Fernando. Años más tarde llegaría a ser el emperador de Occidente, el más prestigioso y poderoso monarca de Europa.

A pesar de la unión de Croacia con un imperio tan poderoso, las luchas contra los turcos continuaban: incursiones diarias al territorio croata, ciudades y aldeas quemadas, gente llevada en columnas hacia la esclavitud. Estas terribles luchas duraron desde la caída del Reino de Bosnia (1463) hasta el principio del siglo XVIII cuando -después de la exitosa campaña del príncipe Eugenio de Saboya- empezaron a respetarse, aunque a medias, las fronteras convenidas en varios tratados de paz. Estas fronteras eran similares a las que actualmente Croacia tiene con Bosnia, de manera que no se recuperó nada de la "Croacia turca".

Además, desde el año 1409, la mayor parte de la costa adriática pertenecía a Venecia como resultado de la "venta" de algunas ciudades de Dalmacia por parte de un rey nominal de Croacia y Hungría. Al ver que no llegaría a gobernar, Ladislao de Nápoles (de la dinastía Anjou), aprovechó su coronación para sacar alguna utilidad. Si bien la "venta" incluía algunas pocas ciudades (Zadar, Novigrad, Vrana e isla de Pag) a los venecianos les sirvió para extender, con el tiempo, su dominio sobre toda la costa oriental del Mar Adriático, excepto la ciudad y las posesiones de Dubrovnik.

Puesto que la "venta" coincidió con la invasión turca -algunos reinos y ducados balcánicos ya habían sido aplastados- los croatas no estaban en condiciones de echar de sus tierras a los venecianos. De esta manera la mayor parte de Dalmacia estuvo bajo la jurisdicción del dux de la ciudad de los canales casi 400 años, hasta la conquista de Venecia por parte de Napoleón. Esto fue la consecuencia, terrible pero inevitable, de los dos factores mencionados: la geografía de Croacia y la invasión turca.

Hoy día nos horrorizamos al leer acerca de la venta de parte del territorio nacional. Pero en aquella época los soberanos consideraban que los reinos eran su posesión personal. Además, es necesario recordar que, al no existir el sentimiento nacional, la población de Dalmacia tampoco lo sentía como una ocupación extranjera en el sentido actual. Las posesiones y las funciones administrativas que otorgaba Venecia se aprovechaban económicamente, pero nadie trataba de "venecianizar" o "italianizar" al pueblo. No hay que olvidar tampoco que una gran parte de la nobleza croata mantuvo sus posesiones. La italianización de apellidos de algunas familias croatas, la hacían ellos mismos por conveniencia: los que participaban en la vida cultural o comercial tuvieron que simplificar los apellidos de difícil pronunciación para los venecianos.

Comparando la situación terrible de sus hermanos en Bosnia y en la misma Croacia libre, los croatas de Dalmacia han podido vivir en paz. No se sentían oprimidos sino, más bien, protegidos por los astutos comerciantes que gobernaban a Venecia. En realidad, las tropas croatas de Dalmacia participaban con gran valor y entusiasmo en las batallas que Venecia, de vez en cuando, se veía obligada a librar contra los turcos.

Por otro lado, los lazos políticos con un estado de cultura italiana, han contribuido a un intenso intercambio cultural con toda Italia. Esto, indudablemente, favoreció el nivel cultural de la población; aunque, en cierto sentido, alejaba a los croatas de Dalmacia de sus hermanos de Bosnia y del Croacia del norte. Agreguemos que, una vez unidos, la experiencia dálmata representó un enriquecimiento notable para la cultura croata en su totalidad.

Sin embargo, al recuperar a Dalmacia, después de la caída de Napoleón, los Habsburgo, que eran reyes elegidos de Croacia, se negaron a unirlas nuevamente con el norte. En consecuencia, al Sabor en Zagreb no tuvo ingerencia oficial en los asuntos de Dalmacia. Pero, a no dudar, los lazos personales y culturales no tardaron en establecerse, como también a manifestarse en ambas partes el deseo de una pronta unión política.

El mismo destino (caer bajo la jurisdicción directa de Viena en lugar del Sabor croata) corrió la península de Istria, mientras que Medjimurje, una pequeña provincia al norte de Zagreb, era gobernada por Budapest.

No nos puede sorprender que, al ver a su Croacia resquebrajada en tantas entidades políticas y zonas culturales, muchos patriotas, llegada la época del nacionalismo, pensaron que la fortalecerían bajo la bandera "eslava" y "yugoslava".

El milagro croata - Velimir Radnic (primera parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (segunda parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (tercera parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (cuarta y última parte)



[1] Los términos derivan de la palabra sto en uno y ca en el otro dialecto, para el "qué" español. Los subdialectos se distinguen por la vocal jat del eslavo antiguo. Hoy unos lo convirtieron en "i" (ikaviano) y otros en "ije" (iekaviano). La palabra "niño" en el primero se dice dite y en el segundo dijete, además de otras diferencias gramaticales y estilísticas 

El milagro croata - Velimir Radnic (primera parte)


El milagro croata

El repentino surgimiento de una "nueva Nación"

Velimir Radnic, Buenos Aires
(primera parte)

Desde el inicio de la guerra por la independencia en 1990, Croacia sorprendió a mis amigos y parientes argentinos por la intensidad de su patriotismo, por la aceptación de cualquier sacrificio -incluyendo el de la vida de sus hijos- en una lucha desigual en cuanto al armamento y entrenamiento militar. Los civiles, con revólveres y escopetas de caza, defendían Vukovar durante largos meses mientras que Dubrovnik -al principio en la misma situación- se pudo defender con éxito gracias a la ayuda militar de los croatas de Herzegovina y al apoyo moral de todo el mundo civilizado.

Lo más asombroso fue la idéntica respuesta y el idéntico afán patriótico que demostraron dos lugares tan alejados entre sí. El mapa de la actual República de Croacia, y su inusual forma de herradura, muestra que Vukovar está en el extremo norte y Dubrovnik en el extremo sur. La comunicación terrestre dentro de la República insume más de 1.000 km. o sea, una distancia considerable para Europa y, especialmente, para la pequeña Croacia.

¿De dónde surgió este valor? ¿A qué se debe el repentino e inesperado surgimiento de la Nación croata de cuya mera existencia el gran público no tenía la menor idea? Sobre todo después de que la multiétnica Monarquía de Viena se derrumbó (1918) y el término "yugoslavo" se pudo tan cómodamente aplicar a la mayoría de estos pueblos "balcánicos".

Yo traté de explicar, con mis imperfectos conocimientos de historia y sociología, antes de todo, "las causas" de un considerable atraso en la afirmación internacional de Croacia como también "los factores que finalmente prevalecieron" y llevaron al éxito.

Lo que sigue es el resultado de mis esfuerzos. Ojalá sean útiles a los lectores como, creo, lo fueron mis explicaciones verbales.

La adversidad geográfica

Las altas montañas que separan la parte sur (Dalmacia) de la parte norte (Panonia) representaban un obstáculo enorme para la unidad de Croacia. La técnica moderna mejoró mucho la comunicación, pero en los tiempos antiguos estas montañas obstruían seriamente la homogeneidad y el establecimiento de un poder central, elementos esenciales para la formación de una nación. Al respecto hay que recordar que desde la llegada de los croatas a su patria actual habían pasado casi tres siglos hasta que su primer rey, Tomislav, pudiera, recién en 925, formar un estado unificado desde el Mar Adriático hasta las llanuras panónicas.

Este obstáculo geográfico y la dificultosa comunicación tuvieron como resultado la formación de distintas mentalidades: los hombres de la llanura del norte, de las montañas dináricas o de la costa adriática tienen distintos temperamentos y distintos comportamientos. Algunos sociólogos explican estas diferencias basándose en los trabajos que predominan en aquellas zonas: los agricultores del norte, los pastores de las montañas y los pescadores o marineros del sur son necesariamente diferentes entre sí. Pero a mí me parece que las tres zonas se distinguen todavía más por haber pertenecido a tres círculos culturales distintos: la cultura mediterránea en el sur, la de Europa Central en el norte y la islámica, dominante en los valles y montañas de Bosnia, sin la posibilidad de influenciarse entre ellos por la adversidad geográfica.

Para apreciar la enorme dificultad que representa para una nación la existencia de una cadena de altas montañas en el medio de un país, imaginémonos que en América del Sur se hubiera formado un estado que abarcara, digamos, 1.000 km del Pacífico y que, luego, atravesara los Andes para extenderse hasta el Atlántico. ¿Por cuánto tiempo una nación así podría mantener su unidad? Por supuesto, los Alpes dináricos no tienen la altura de los Andes, pero la comunicación entre las dos partes fue siempre igualmente penosa.

¿Qué es Balkán?

Este término (que en turco simplemente significa "montaña") tiene dos connotaciones: una, geográfica y otra, político-cultural. La primera se refiere a la península del sureste europeo, cuya frontera al norte es el Danubio desde el Mar Negro hasta el río Sava y siguiendo este río hasta la desembocadura del río Drina. Ahí empieza la frontera occidental de la península siguiendo el curso de este río, luego de su afluente Piva, y finalmente su proyección hasta el Mar Adriático. El mismo río Drina ya fue elegido en el año 395 por el emperador Teodosio como el límite entre el Imperio Romano del Oeste y el de Oriente, ya que con sus quebradas representa una frontera natural bien definida.

Mucho más difícil es localizar el territorio o los países que se pueden considerar balcánicos por la connotación político-cultural. Creo que en este sentido el término hay que aplicar a los países que -herederos de Bizancio y de religión cristiano-ortodoxa- por muchos siglos formaban parte del Imperio Otomano y no participaron de la común experiencia histórico-cultural de Europa Occidental. De esta manera se ensanchan los límites geográficos del Balkán incluyendo la actual Rumania como también el territorio de la actual República de Bosnia y Herzegovina. Creo que hay que incluir a esta última república, aunque su territorio no perteneció al Imperio Romano de Oriente que llegaba hasta el río Drina.

En realidad la posición de Bosnia en este sentido es muy particular. La ocupación otomana le ha dejado una impronta muy oriental ya que más de 40% de su población es de religión musulmana. Por otro lado, más de 30% es de la religión cristiano- ortodoxa que, por supuesto, se siente atraída hacia los países de herencia bizantina y religión ortodoxa. Por último los católicos que hoy en día no llegan ni al 20% de la población, apenas podían tener algunas noticias -por medio de sus sacrificados frailes franciscanos- de las ideas que se debatían en el Occidente. No pudieron participar activamente en las experiencias culturales de Europa Occidental. Así, que, teniendo en cuenta estas particularidades, creo que hay que incluir dentro del Balkán al territorio de Bosnia y Herzegovina.

De todas maneras, de las descripciones precedentes se infiere que "la actual República de Croacia no pertenece al Balkán ni en el sentido geográfico ni en el político- cultural". Respecto a esta última afirmación hay que recordar que, aun dentro de la desesperada lucha por supervivencia, Croacia participaba en todos los grandes movimientos filosóficos y culturales que formaron el mundo europeo tal como lo conocemos hoy: el Humanismo y el Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma, la Ilustración (Iluminación) y luego la Revolución Francesa o, más bien, las ideas políticas que la precedieron y que fueron plasmadas en la Constitución de la joven república norteamericana.

Todo esto fue ajeno a los pueblos que vivían aislados dentro del Imperio Otomano desde el siglo XIV y que no hicieron la experiencia histórico-cultural del resto de Europa.

En cuanto a la frontera entre el Europa Occidental y el Balkán, a veces se nos presenta delante de los ojos una línea de cierto carácter místico: apenas restablecida la antigua frontera del río Drina (en 1908 Bosnia fue incorporada a la Monarquía habsburga) los croatas hicieron un esfuerzo cultural extraordinario para fijarla: un premio Nobel, el profesor Ruzicka, nació en Vukovar; otro, el profesor Prelog, en Sarajevo. Los dos, junto con el prominente científico Rudjer Boskovic de Dubrovnik, testimonian la pertenencia de Croacia al Occidente. Boskovic no recibió el Nobel, que no existía en el siglo XVIII, pero sus trabajos en la física, inclusive nuclear, lo pone al frente de la ciencia de su época. Finalmente, el premio Nobel de literatura, el croata Ivo Andric, es también de Bosnia.

Es interesante observarlo pero no creo que hay que dar a esta coincidencia un significado exagerado y hablar de una mística frontera cultural de Croacia.

La invasión turca y sus consecuencias

Esta invasión fue la que más impidió que Croacia pudiera conformarse como una nación-estado moderna. O sea pasar de la época feudal, evolucionando hacia una nación independiente al igual que la mayoría de los actuales estados europeos.

Por la inserción de la cultura y el poder político de un imperio de religión islámica en el mismo corazón de Croacia, nuestra patria no pudo vivir un desarrollo armónico. Varios desastres históricos que sufrieron también otras naciones europeas, no se pueden comparar con las trágicas consecuencias de la invasión turca. Esto lo refleja la forma de herradura de Croacia. En el mismo centro de su territorio se instaló, durante 400 años, un imperio de cultura, costumbres y religión completamente distintas. Una gran parte de la población del medieval Reino de Bosnia se pasó al islamismo junto con sus señores feudales, quienes luego participaron en los ataques al territorio croata cristiano. Durante mucho tiempo las fronteras del viejo Reino de Croacia y el Imperio Otomano no fueron fijas. Las interminables luchas e incursiones bélicas han producido el despoblamiento de gran parte de la actual Eslavonia y de la mayor parte de Croacia oriental entre las montañas dináricas y el río Sava. Esta región llegó a llamarse "Croacia turca", hoy día, Bosnia occidental.

Al aflojar el ímpetu invasor otomano y al estabilizarse un poco las fronteras, al principio del siglo XVIII los viejos propietarios croatas, como también las autoridades militares austro-croatas (el Sabor eligió en 1527 a los Habsburgo para su reyes, confiando en que les ayudarían en la lucha contra los infieles) invitaron a inmigrar a estas tierras a pueblos de varios orígenes: suabos (alemanes), checos, eslovacos, austríacos, etc.

Una parte importante de esta inmigración la constituían los valacos de religión ortodoxa. Su origen data de los tiempos de los romanos, pero, siendo una minoría en el ambiente de habla eslava, pronto aprendieron a hablar croata. En Croacia vivían como pastores en las montañas, ya que las tierras fértiles pertenecieron a los nuevos dueños del país, pero en el otro lado del Danubio, al norte de Bulgaria llegaron a formar su Estado, a veces independiente, a veces vasallo del Sultán. Se trata de Valaquia, que hoy es la parte de Rumania donde preservaron su idioma basado en el latín.

Hay también muchos valacos en Serbia que, cuando viven en las ciudades los llaman "cínzaros". Pero siendo de la misma religión ortodoxa y habiendo pasado la misma experiencia histórica bajo el Imperio Otomano no se distinguen mucho de los serbios. Aunque de vez en cuando, por su agresividad y habilidad comercial, provocan quejas en la población serbia ("los cínzaros nos están dominando").

Ahora, en la parte despoblada de Croacia, a cambio de un prolongado servicio militar, a ellos se les concedieron tierras buenas, mayormente a lo largo de la frontera con Bosnia. Sus acciones bélicas los hicieron conocidos en muchos países europeos: los Habsburgo a menudo los empleaban en sus guerras inter-europeas. Puesto que venían del Reino de Croacia fueron conocidos como croatas, pero su conducta salvaje muchas veces desprestigió el nombre de Croacia.

Un proceso similar ocurrió en la vecina Bosnia, especialmente en la "Croacia turca", que fue la más devastada. Las autoridades turcas también necesitaban mano de obra para las tierras, y hombres para el servicio militar auxiliar. Como escaseaba la población católica y no alcanzaba la que se convirtió al islam, recurrieron, ellos también, a los pastores sin tierra que vivían en montañas bajo la influencia de sus popes ortodoxos, que muchas veces les ayudaron a recibir mejores condiciones al mudarse a los valles y las llanuras.

De esta manera a los dos lados de la frontera croata-bosnia apareció una población nueva de religión ortodoxa que se multiplicaba a un ritmo mucho mayor en condiciones de vida más favorables. Si bien ya desde el principio chocaron con sus vecinos debido a la rudeza propia de los pastores, hasta la mitad del siglo XIX no hubo mayores problemas. Especialmente no en la parte turca, cuyas autoridades los miraban con benevolencia. Se suponían más fáciles de controlar políticamente ya que sus iglesias estaban enteramente en el territorio del Imperio Otomano. Los patriarcas griegos, búlgaros y serbios vivían en territorio turco. A veces fueron utilizados hasta para fines administrativos del Imperio. Por ejemplo a los "fanariotas" (los griegos de Estambul) le fue confiado, incluso, el gobierno de la actual Rumania.

Por otro lado los católicos fueron siempre sospechosos, ya que su autoridad suprema, el Papa en Roma, instigaba todo el tiempo a los gobiernos cristianos a luchar contra los infieles. En esta situación difícil había aldeas católicas que, para el servicio espiritual, tenían que llamar a los sacerdotes ortodoxos y paulatinamente se pasaron a esta religión. Así, por la alta natalidad y por las conversiones, la población ortodoxa llegó a representar el 34% de la población de Bosnia y el 11,6% de Croacia.

Tampoco en Croacia hubo problemas serios con los valacos, hasta que, con la decadencia del Imperio Otomano, Serbia -como todos los demás países balcánicos- se fortaleció, consiguió cierta autonomía a mediados del siglo XIX y finalmente le fue otorgada la independencia en el Congreso de Berlín (1878). En este proceso comenzó el sueño de la resurrección del antiguo "imperio del zar Dusan", inclusive ensanchando sus posesiones hacia el oeste, ya que los turcos lograron cruzar el Drina, apoderarse de Bosnia y establecer una nueva línea este-oeste en el río Una, frontera de la disminuida Croacia.

Con esta visión en la mente, los popes comenzaron a convencer a todos los ortodoxos de Croacia (y de Bosnia) de que ellos eran "en realidad" serbios. Al mismo tiempo el gobierno de Serbia enviaba sus agentes con la misma misión. De esta manera, a fines del siglo XIX, los ortodoxos se convirtieron en la "Quinta columna" dentro de Croacia, pactando con todos sus enemigos y llegando a ser el escollo más traicionero para que Croacia realizara y afirmara su independencia.

El desplazamiento de la población y la creación de un pueblo enemigo en el mismo corazón de Croacia fueron las consecuencias más nefastas de la invasión turca.


El milagro croata - Velimir Radnic (primera parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (segunda parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (tercera parte)
El milagro croata - Velimir Radnic (cuarta y última parte)